Saturday, June 17, 2006

Primera Salida...

Cuando la ciudad se oculta entre la neblina todos huimos a cualquier lado, solo los mas avezados lograrán escapar... Este vaho en mis mejillas me recuerda que la vida no acaba en un suspiro, solo vuelve a comenzar...

que no te volvi a querer como te quise, en nadie...

Y yo te lloré en seguida





Cuan presta es la melancolia cuando invade tus mejillas la sonrosada alegria, me aferro a tus miserias y si acaso el mundo no termina vuelvo a la carga, me abrazo a tu silencio y mi cuerpo se llena de ese vaho que esconde cualquier razón herida...paz, abrigo... mera utopia.

Eriberto en la Cantina


Mientras robo los vicios y los hábitos de tu imagen prostituida en el mundo de la piedad dolorosa de ser objeto, me retuerzo entre mis sábanas imaginando si acaso no estoy soñando despierto. Mean los borrachos... y tú - si acaso observandome- me vas mostrando ese lado oculto, objeto, del deseo...

Ravelo en su coraza



Cuantas veces he despertado sintiéndome tan viejo, tan joven, en este cuerpo que no se acostumbra a la persecusión. Mar en alto, io te voglio bene... cuando a veces despierto confundido en mi silencio...

Panamericano viaje

La ciudad en la que yo viví
... El camino es extenso, recto , con algunos baches, ladeada intermitentemente por casas recién construidas, grifos, terrenos baldíos , veredas y pedregales; el aire lleva fragancias de tierra húmeda y vegetación...
Son las cinco y treinta de la mañana, mi cuerpo me reclama unas horas más sobre la tibia y suave cama; mi madre prepara el desayuno que jamás probaré. Desorientada aún, entro en la ducha con la toalla bajo el brazo, me apresuro a darme un frío duchazo.
Despabilada de la modorra ordeno mi negra mochila, como si ordenara mi día , los colores van cambiando mientras siento el olor de las tostadas y la avena , con piña esta vez. Aquel agridulce sabor despierta aun mas mis sentidos, parece retarme. “un cuarto de hora, nada más, parece decirme, mientras miro el reloj y recuerdo lo pernicioso de la lentitud y el mal servicio de lo que en le Perú llamamos “combi”: vehículos que prometen gran velocidad pero no seguridad.
El desayuno es toda una tentación solo demoraría un cuarto de hora en tomarlo , pero quien sabe cuantas horas en digerirlo, por estas combis alocadas que corren al compás de los baches: acelerando y frenado a la vez.
No es difícil abordarlas cerca del principal paradero, al que me dirijo raudamente convencida de no tener otra elección , pues en Santa Rosa, donde vivo, no circula ninguna otra línea y los “moto taxis” no hacen rutas de dos horas, ni cobran medio pasaje.
Ya en este lugar de tormento me siento afortunada: conseguí un asiento. Aunque es casi imposible leer lo intento, lo cual me recuerda con amargura lo difícil de vivir lejos y mi irresponsabilidad de no leer a tiempo. El viaje comienza con un sonido familiar, si fuera un ser humano le diría: ¡Qué tal catarro señor, esfuércese un poco mas y expectore!, pero es un simple motor.
Lentamente empieza a deslizar sus llantas en la llana pista. A esas horas me dan ganas de bajar, mientras la rueda gira y gira sumergiéndome lentamente en el laberinto de la monotonía.
¡Oiga , chofer, no vamos de paseo!, ¡vamos a trabajar!, ¡apúrese!. Saliendo del laberinto respiro con frustración. El desaliñado y molesto chofer desacelera aún más. Luego a 100 metro de una curva, acelera como si emulara a un corredor de formula 1, mientras nuestros cuerpos se contonean con furiosa lisura. Los gritos no se hacen esperar. La pista anexa , sin nombre, que va desde el paradero se ha unido a la Panamericana Norte, a la altura del kilómetro 31, en el óvalo de Puente Piedra.
El camino es extenso, recto , con algunos baches, ladeada intermitentemente por casas recién construidas, grifos, terrenos baldíos , veredas y pedregales; el aire lleva fragancias de tierra húmeda y vegetación.
Una parada cada cinco minutos ; recoger pasajeros parece ser la consigna del chofer y el cobrador, mientras algunos furibundos reclaman velocidad y respeto. La atmósfera va tornándose rancia. No sé si afortunada o desafortunadamente tengo que bajar, entre codazos y empellones. Incluso ante la despectiva mirada del cobrador que grita: ¡medio!, ante mi estoica mirada capturada por lo periódicos de un puestito hacinado en el segundo paradero.
Aquel carro y el siguiente se convierten en escenario de cuanto actor, comerciante o mendigo ha logrado burlar o intimidar al cobrador: los cómicos vulgares, los vendedores desafortunados, el ex presidiario que nos ruega entre falacias por no “obligarlo”a recaer ; todos, niños, jóvenes o ancianos pidiendo aquel centavito que no nos llevará a la riqueza ni mucho menos a la pobreza. Para mi la ruta panamericana no tiene sólo a los actores del Perú, tiene toda la cultura y miseria americana. Mientras cavilo en ello me doy cuenta que estoy en la avenida Universitaria a bordo del segundo carro, de pie, sin poder ver casi nada, sólo la pista pintada irregularmente de bandas amarillas, con más rajaduras que mi alma. Al fin el cobrador grita: ¡Entrada!, ¡baja la puerta, ¡avancen!, ...con sencillo!. Bajan los universitarios.

Friday, June 16, 2006

Eriberto en la Cantina

Mientras robo los vicios y los hábitos de tu imagen prostituida en el mundo de la piedad dolorosa de ser objeto, me retuerzo entre mis sábanas imaginando si acaso no estoy soñando despierto. Mean los borrachos... y tú - si acaso observandome- me vas mostrando ese lado oculto, objeto, del deseo...