Panamericano viaje
La ciudad en la que yo viví ... El camino es extenso, recto , con algunos baches, ladeada intermitentemente por casas recién construidas, grifos, terrenos baldíos , veredas y pedregales; el aire lleva fragancias de tierra húmeda y vegetación...
Son las cinco y treinta de la mañana, mi cuerpo me reclama unas horas más sobre la tibia y suave cama; mi madre prepara el desayuno que jamás probaré. Desorientada aún, entro en la ducha con la toalla bajo el brazo, me apresuro a darme un frío duchazo.
Despabilada de la modorra ordeno mi negra mochila, como si ordenara mi día , los colores van cambiando mientras siento el olor de las tostadas y la avena , con piña esta vez. Aquel agridulce sabor despierta aun mas mis sentidos, parece retarme. “un cuarto de hora, nada más, parece decirme, mientras miro el reloj y recuerdo lo pernicioso de la lentitud y el mal servicio de lo que en le Perú llamamos “combi”: vehículos que prometen gran velocidad pero no seguridad.
El desayuno es toda una tentación solo demoraría un cuarto de hora en tomarlo , pero quien sabe cuantas horas en digerirlo, por estas combis alocadas que corren al compás de los baches: acelerando y frenado a la vez.
No es difícil abordarlas cerca del principal paradero, al que me dirijo raudamente convencida de no tener otra elección , pues en Santa Rosa, donde vivo, no circula ninguna otra línea y los “moto taxis” no hacen rutas de dos horas, ni cobran medio pasaje.
Ya en este lugar de tormento me siento afortunada: conseguí un asiento. Aunque es casi imposible leer lo intento, lo cual me recuerda con amargura lo difícil de vivir lejos y mi irresponsabilidad de no leer a tiempo. El viaje comienza con un sonido familiar, si fuera un ser humano le diría: ¡Qué tal catarro señor, esfuércese un poco mas y expectore!, pero es un simple motor.
Lentamente empieza a deslizar sus llantas en la llana pista. A esas horas me dan ganas de bajar, mientras la rueda gira y gira sumergiéndome lentamente en el laberinto de la monotonía.
¡Oiga , chofer, no vamos de paseo!, ¡vamos a trabajar!, ¡apúrese!. Saliendo del laberinto respiro con frustración. El desaliñado y molesto chofer desacelera aún más. Luego a 100 metro de una curva, acelera como si emulara a un corredor de formula 1, mientras nuestros cuerpos se contonean con furiosa lisura. Los gritos no se hacen esperar. La pista anexa , sin nombre, que va desde el paradero se ha unido a la Panamericana Norte, a la altura del kilómetro 31, en el óvalo de Puente Piedra.
El camino es extenso, recto , con algunos baches, ladeada intermitentemente por casas recién construidas, grifos, terrenos baldíos , veredas y pedregales; el aire lleva fragancias de tierra húmeda y vegetación.
Una parada cada cinco minutos ; recoger pasajeros parece ser la consigna del chofer y el cobrador, mientras algunos furibundos reclaman velocidad y respeto. La atmósfera va tornándose rancia. No sé si afortunada o desafortunadamente tengo que bajar, entre codazos y empellones. Incluso ante la despectiva mirada del cobrador que grita: ¡medio!, ante mi estoica mirada capturada por lo periódicos de un puestito hacinado en el segundo paradero.
Aquel carro y el siguiente se convierten en escenario de cuanto actor, comerciante o mendigo ha logrado burlar o intimidar al cobrador: los cómicos vulgares, los vendedores desafortunados, el ex presidiario que nos ruega entre falacias por no “obligarlo”a recaer ; todos, niños, jóvenes o ancianos pidiendo aquel centavito que no nos llevará a la riqueza ni mucho menos a la pobreza. Para mi la ruta panamericana no tiene sólo a los actores del Perú, tiene toda la cultura y miseria americana. Mientras cavilo en ello me doy cuenta que estoy en la avenida Universitaria a bordo del segundo carro, de pie, sin poder ver casi nada, sólo la pista pintada irregularmente de bandas amarillas, con más rajaduras que mi alma. Al fin el cobrador grita: ¡Entrada!, ¡baja la puerta, ¡avancen!, ...con sencillo!. Bajan los universitarios.
Despabilada de la modorra ordeno mi negra mochila, como si ordenara mi día , los colores van cambiando mientras siento el olor de las tostadas y la avena , con piña esta vez. Aquel agridulce sabor despierta aun mas mis sentidos, parece retarme. “un cuarto de hora, nada más, parece decirme, mientras miro el reloj y recuerdo lo pernicioso de la lentitud y el mal servicio de lo que en le Perú llamamos “combi”: vehículos que prometen gran velocidad pero no seguridad.
El desayuno es toda una tentación solo demoraría un cuarto de hora en tomarlo , pero quien sabe cuantas horas en digerirlo, por estas combis alocadas que corren al compás de los baches: acelerando y frenado a la vez.
No es difícil abordarlas cerca del principal paradero, al que me dirijo raudamente convencida de no tener otra elección , pues en Santa Rosa, donde vivo, no circula ninguna otra línea y los “moto taxis” no hacen rutas de dos horas, ni cobran medio pasaje.
Ya en este lugar de tormento me siento afortunada: conseguí un asiento. Aunque es casi imposible leer lo intento, lo cual me recuerda con amargura lo difícil de vivir lejos y mi irresponsabilidad de no leer a tiempo. El viaje comienza con un sonido familiar, si fuera un ser humano le diría: ¡Qué tal catarro señor, esfuércese un poco mas y expectore!, pero es un simple motor.
Lentamente empieza a deslizar sus llantas en la llana pista. A esas horas me dan ganas de bajar, mientras la rueda gira y gira sumergiéndome lentamente en el laberinto de la monotonía.
¡Oiga , chofer, no vamos de paseo!, ¡vamos a trabajar!, ¡apúrese!. Saliendo del laberinto respiro con frustración. El desaliñado y molesto chofer desacelera aún más. Luego a 100 metro de una curva, acelera como si emulara a un corredor de formula 1, mientras nuestros cuerpos se contonean con furiosa lisura. Los gritos no se hacen esperar. La pista anexa , sin nombre, que va desde el paradero se ha unido a la Panamericana Norte, a la altura del kilómetro 31, en el óvalo de Puente Piedra.
El camino es extenso, recto , con algunos baches, ladeada intermitentemente por casas recién construidas, grifos, terrenos baldíos , veredas y pedregales; el aire lleva fragancias de tierra húmeda y vegetación.
Una parada cada cinco minutos ; recoger pasajeros parece ser la consigna del chofer y el cobrador, mientras algunos furibundos reclaman velocidad y respeto. La atmósfera va tornándose rancia. No sé si afortunada o desafortunadamente tengo que bajar, entre codazos y empellones. Incluso ante la despectiva mirada del cobrador que grita: ¡medio!, ante mi estoica mirada capturada por lo periódicos de un puestito hacinado en el segundo paradero.
Aquel carro y el siguiente se convierten en escenario de cuanto actor, comerciante o mendigo ha logrado burlar o intimidar al cobrador: los cómicos vulgares, los vendedores desafortunados, el ex presidiario que nos ruega entre falacias por no “obligarlo”a recaer ; todos, niños, jóvenes o ancianos pidiendo aquel centavito que no nos llevará a la riqueza ni mucho menos a la pobreza. Para mi la ruta panamericana no tiene sólo a los actores del Perú, tiene toda la cultura y miseria americana. Mientras cavilo en ello me doy cuenta que estoy en la avenida Universitaria a bordo del segundo carro, de pie, sin poder ver casi nada, sólo la pista pintada irregularmente de bandas amarillas, con más rajaduras que mi alma. Al fin el cobrador grita: ¡Entrada!, ¡baja la puerta, ¡avancen!, ...con sencillo!. Bajan los universitarios.

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